A Sebastián García, mi jefe

Nunca antes había temido tanto al folio en blanco como ahora, con esta despedida. Ni siquiera cuando empecé a trabajar contigo siendo un joven inexperto de 24 años.

Sebastián fue un hombre bueno, generoso, humilde, divertido y sabio. Adoraba a su mujer Adela y se desvivía por sus hijos, Dani y Marina. Fue un excelente marido y un padre ejemplar. 

Una nota de prensa para un alcalde, la cobertura de prensa de un congreso internacional en Sevilla, un plan de comunicación para un cliente… daba igual la tarea, me acojonaba con el simple hecho de saber que tú, el periodista que contó al mundo desde el Congreso de los Diputados cómo fue el 28-F, me ibas a leer. Pero ese miedo era sin duda infundado, porque gracias a tu forma de ser fueron sencillas hasta las faenas más complicadas.

Ahora, como sabes, tengo 37 años y he formado mi familia en Galicia, una tierra que, como Andalucía, siempre has amado. Ha pasado el tiempo, pero aún a día de hoy vivo el periodismo, leo la prensa y sigo la política con la misma pasión que aprendí de ti. Y cuando me asalta la duda o la inseguridad, me pregunto: ¿Cómo habría hecho esto Sebastián?

Sebastián disfrutaba como nadie leyendo la prensa a primera hora de la mañana. Sabía perfectamente de dónde venía cada información, controlaba las fuentes y los intereses ocultos que había detrás de cada noticia.

Entonces busco la forma de tratar de imitarte sin que se note mucho. Ya sabes, los novatos flipamos con los héroes. Qué iba a ser de mí si me hubiera visto secuestrado por los militares en el Hemiciclo buscando un teléfono seguro para dictar la crónica a la redacción de El País.

Sebastián García empezó a trabajar como periodista en 1976. Fue delegado de El País en Andalucía, subdirector de El Correo de Andalucía y jefe de Prensa de la Expo y la Diputación Provincial de Sevilla.

En fin, jamás expresé todo este sentimiento hacia ti en vida porque así de gilipollas somos el común de los mortales. Que esperamos a una despedida para hacerlo. Pero seguro que todas estas palabras las comparten conmigo muchos compañeros de profesión.

Dignificaste el periodismo durante 40 años y fuiste maestro de varias generaciones de periodistas, tanto en prensa y gabinetes como de jefe de prensa de la Expo92, la época profesional que siempre recordaste con más cariño. Pero lo más grande de ti no era tu talento, sino tu bondad y humildad. Porque siempre supiste que por encima de todo estaba el amor de tu mujer, Adela, y tus hijos, Dani y Marina.

Y aprovechaste muy bien el tiempo. Gracias por tanto, jefe.

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